
El rol de la complementariedad energética, las inversiones, los proyectos y los intereses compartidos en el fortalecimiento del vínculo binacional.
Soy argentino y vivo en Chile desde hace diecinueve años. Esa doble pertenencia no solo me lleva a seguir con especial atención la relación entre ambos países, sino también a dedicar parte de mi tiempo, desde la Cámara Chileno-Argentina de Comercio, a promover una mayor integración.
Algunos acontecimientos vinculados a declaraciones sobre límites en la zona austral volvieron a mostrar la importancia que ambos países otorgan a estos temas. Chile manifestó formalmente su posición y el Gobierno argentino reafirmó luego el respeto por los límites vigentes. El episodio fue aclarado y ambos gobiernos pudieron continuar avanzando en una relación mucho más amplia.
Ese es el camino: claridad y firmeza en materia de soberanía, acompañadas de diálogo, comprensión mutua y una mirada de largo plazo.
En Chile, estos acontecimientos quizás tuvieron mayor repercusión que en Argentina. Para nosotros, los argentinos, una forma de comprender esa sensibilidad es pensar en lo que representan las Islas Malvinas. El Estrecho de Magallanes tiene para Chile una relevancia igualmente profunda en términos de identidad, geografía y seguridad.
No es una comparación jurídica, sino una manera de entender las sensibilidades nacionales. Así como esperamos que otros comprendan lo que Malvinas significa para Argentina, también debemos comprender lo que Magallanes significa para Chile.
Sobre esa base de respeto, las posibilidades de cooperación son enormes. Chile y Argentina forman conjuntamente una economía de más de US$1 billón, comparten más de 5.000 kilómetros de frontera, poseen recursos complementarios y tienen acceso a dos océanos. Todo ello permite pensar en algo más que mercados vecinos: una verdadera plataforma integrada.
Las oportunidades son concretas.
En comercio, ambos países podrían proponerse duplicar el intercambio bilateral durante la próxima década. Simplificar trámites, digitalizar aduanas, reconocer estándares y facilitar una mayor participación de proveedores industriales y pequeñas y medianas empresas permitiría aprovechar mucho mejor el potencial existente.
En energía, la complementariedad es especialmente clara. Vaca Muerta cuenta con recursos de escala mundial y Chile ofrece demanda, infraestructura, acceso al Pacífico y una ubicación privilegiada para conectar con los mercados asiáticos. El Oleoducto Trasandino ya conecta Neuquén con la costa chilena y existen gasoductos e interconexiones eléctricas sobre los cuales se puede seguir construyendo.
Una integración energética más profunda requiere reglas previsibles, infraestructura suficiente y condiciones equivalentes para ambos mercados. Integrarse significa generar confianza para invertir y planificar en el largo plazo.
La minería abre otra gran oportunidad. Argentina posee proyectos de escala mundial y Chile cuenta con experiencia, proveedores, ingeniería, financiamiento, infraestructura y conocimiento operativo. Vicuña, en la frontera entre San Juan y Atacama, tiene una lógica naturalmente binacional. El Pachón puede beneficiarse de proveedores y alternativas logísticas chilenas. Los Azules, que busca financiar inversiones por aproximadamente US$4.000 millones, muestra además el potencial de Chile como plataforma financiera para proyectos argentinos.
La integración puede reducir costos, acortar plazos y facilitar el acceso a infraestructura, conocimiento y capital.
La infraestructura ofrece otra dimensión de cooperación. El corredor Bahía Blanca–Neuquén–Pino Hachado–Talcahuano/San Vicente puede conectar de manera más eficiente el Atlántico con el Pacífico, mientras que el Corredor Bioceánico del norte abre oportunidades de conexión con Brasil y Paraguay.
La producción argentina puede aprovechar los puertos del Pacífico cuando resulte más eficiente, y Chile puede acceder al Atlántico bajo la misma lógica. La geografía puede convertirse así en una ventaja compartida.
También existe espacio para fortalecer los pasos fronterizos y desarrollar nuevas alternativas de conexión. Proyectos como el paso Las Leñas pueden ampliar la conectividad en la zona central. En el extremo sur, Magallanes y la Patagonia argentina comparten energía, turismo, actividades productivas y una geografía que naturalmente invita a trabajar en conjunto. Mejorar la infraestructura y la coordinación logística permitiría profundizar una integración que ya forma parte de la vida cotidiana de muchas comunidades.
Fuente: Econojournal
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