Cuando realizan labores de mitigación ambiental en el área de Cuyabeno, dos nuevos desastres petroleros se han producido.

Cuando se prosigue con las labores de limpieza, en lo que sea posible, del derrame de crudo en el área protegida del Cuyabeno, una de las más importantes reservas de biodiversidad en toda la cuenca amazónica, se han producido dos nuevos derrames de petróleo, atribuidos de acuerdo a las autoridades de Petroecuador, a “personas inescrupulosas”.
Tan suave calificativo para esta clase de acciones criminales contra el medio ambiente y la vida en general, primeramente de las gentes, que habitan esos sectores castigados por los continuos derrames, muestran a las claras la ausencia de una real voluntad para proteger las instalaciones del oleoducto en la región amazónica.
Cuando se construyó el oleoducto transecuatoriano, allá por los años setenta del pasado siglo, en plena euforia por el “Boom” Petrolero, pocos hablaban de la fragilidad de un ecosistema como el amazónico, y en realidad las instalaciones de explotación y transporte del crudo pasaron por zonas selváticas vírgenes hasta entonces, o habitadas por poblaciones nativas aún no contaminadas por los vicios y codicia de Occidente.
Han pasado más de treinta años de los inicios de la explotación petrolera en el Oriente ecuatoriano, y un somero balance acerca de los daños al hábitat, la flora, la fauna y la misma calidad de vida de nativos y colonos, resulta del todo alarmante.
El Ecuador es quizá el país que menos protege sus recursos naturales y de biodiversidad, ya que poco parece importarnos arrasar con miles de hectáreas de bosques nativos, contaminar el agua, eliminar las especies vegetales y animales, convertir en eriales contaminados zonas antes pródigas en vida.
Petroecuador, por desgracia, tampoco contribuye a aliviar en algo por graves impactos ambientales causados por la explotación petrolera, a lo cual se suma últimamente los sabotajes, no se sabe si producidos por elementos ligados a la subversión colombiana, o gentes ansiosas de sacar provecho de las indemnizaciones que justamente se dan cuando se producen derrames. Esta perversa hipótesis es quizá la peor posibilidad, que debería investigarse a fondo.
Según estimaciones, en tres años, vale decir del 2003 a 2006, se habría producido no menos de 600 derrames de crudo en la Amazonía. Una cifra escalofriante.