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Dicen que hay más pingüinos empetrolados

06/03/2006 | ARGENTINA | Medio Ambiente | 996 lecturas | 499 Votos




Investigación desde Península de Valdés hasta San Salvador de Bahía:
Le echan la culpa al lavado de tanques de los petroleros que se hace en alta mar.


A lo largo de la costa atlántica, desde Península Valdés hasta San Salvador de Bahía, desde mediados de los 90 el número de pingüinos empetrolados creció en forma paralela a la exportación de crudo por parte de la Argentina.






No se trata de grandes derrames sino de contaminación crónica; un problema de consecuencias difíciles de medir en el resto de la fauna marina —menos resistente que estas aves—, que impone la modificación de las leyes actuales.

A esa conclusión llegaron el biólogo argentino Pablo García Borboroglu, del Centro Nacional Patagónico —dependiente del Conicet— y su colega Dee Boersma, de la Universidad de Washington. Los resultados de su investigación acaban de publicarse en Marine Pollution Bulletin.

La contaminación crónica es causada por el lavado de tanques de los buques petroleros en alta mar, y por las pérdidas de combustible desde las plataformas submarinas. Los pingüinos son particularmente vulnerables, pues nadan cerca de la superficie y, al no volar, son menos capaces de detectar las manchas que otras aves.

"En las aves, las plumas son el talón de Aquiles —observa García Borboroglu—. Cuando los pingüinos se empetrolan, las plumas se afectan, empiezan a mojarse, las aves pierden la flotabilidad y la aislación térmica. Mueren de hipotermia, o bien vuelven a la costa, donde no pueden alimentarse. O si no, tratan de sacarse el petróleo con el pico y se intoxican".

Una investigación anterior estimó que entre 1982 y 1991, en la costa de Chubut morían unos 40.000 pingüinos de Magallanes por año. En 1994, la ruta de los buques cisterna fue corrida 100 kilómetros mar adentro, y desde entonces en la costa casi no han aparecido aves muertas por contaminación. Pero el petróleo sigue siendo un asunto crítico, señala Boersma, porque los pingüinos pueden nadar unos 100 kilómetros por día y, en sus migraciones, decenas de miles de kilómetros sin tocar la costa.

¿Cómo mensurar el problema, entonces? Mucho antes de doctorarse en biología, García Borboroglu limpió pingüinos empetrolados en Punta Tombo (ver El desastre...). A los científicos se les ocurrió analizar la documentación de las 26 instituciones que registran y/o rehabilitan a aves marinas empetroladas a lo largo de 8.200 kilómetros de playa, desde Fortaleza (Brasil) hasta San Antonio Oeste (Argentina). Después la cotejaron con los datos acerca de explotación y comercio de crudo.

El grupo más antiguo, de Mar del Plata, comenzó a rescatar aves en 1980, lo que demuestra que el problema no es nuevo.

Más del 64% de las aves rehabilitadas entre 1995 y 2005 eran pingüinos de Magallanes, y su número era mayor en Argentina que en latitudes septentrionales.

Los biólogos observaron que "hubo un dramático incremento a mediados de los 90, coincidente con el crecimiento exponencial de exportaciones de petróleo en Argentina" .

Además, la gran proporción de adultos contaminados hallados en nuestro litoral atlántico —donde hay un millón de parejas reproductoras, en 63 colonias— hace pensar que su población podría estar declinando. Aún cantidades pequeñas de crudo pueden reducir el éxito reproductivo de los pingüinos.

"Es un animal aguantador: si está en buenas condiciones y se empetrola, puede nadar muy lejos, por lo que es un pobre indicador del lugar donde se contaminó —señala García Borboroglu —. Pero al mismo tiempo es la punta del iceberg, pues el petróleo causa un gran impacto en todo el ecosistema marino". Otras especies mueren en alta mar, sin que nadie lo advierta.

"No sabemos si falla la legislación, o su implementación. Es preciso revisarla y conversar con las autoridades", subraya. Una alternativa es crear corredores de protección o áreas protegidas marinas. Algunas pueden ser móviles y temporales, en función del ciclo vital del recurso a preservar. En esa línea se inscribe el "Proyecto Marino Patagónico", que inició en 2005 la Secretaría de Ambiente de la Nación junto con las provincias atlánticas.


El desastre de Punta Tombo

En la primavera de 1991, cuando a las costas de Chubut llegaron miles de pingüinos empetrolados (murieron unos 17.000), Pablo García Borboroglu fue uno de los muchos voluntarios que se instalaron en la reserva de Punta Tombo para lavar a las aves que aún podían salvarse. Tenía 21 años y comenzaba biología en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco.

Hizo la licenciatura y el doctorado en la Universidad Nacional del Comahue e investigó a fondo la cuestión, junto con su colega Dee Boersma, de la Universidad de Washington. "Nuestro trabajo apunta a identificar un problema que no se resuelve lavando cada vez más pingüinos, o abriendo más centros de rehabilitación —afirma—. La solución pasa por desarrollar estrategias que eviten derrames y minimicen las consecuencias de eventuales accidentes".

Fuente: Clarín

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