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Incendios y cambio climático: pasar de los derivados del petróleo a los biocombustibles

26/08/2020 | ARGENTINA | Medio Ambiente | 478 lecturas | 23 Votos



Texto de Héctor A. Huergo




Mientras ocupo buena parte de mi tiempo y mis neuronas en seguir las conferencias virtuales del extraordinario Congreso de Aapresid, veo el avance de los incendios en buena parte de nuestra geografía. Pero a esta altura no me preocupan tanto los incendios como la utilización política e ideológica de un fenómeno que requiere un análisis más cuidadoso. Estamos, literalmente, echando más leña al fuego.

Se está hablando, livianamente, de intencionalidad. Puede haber impericia, falta de responsabilidad, e incapacidad para el manejo de los focos. Pero los casos de incendios intencionales tienen poco que ver con estos eventos. De un lado y del otro, se han lanzado falacias, o al menos especulaciones prematuras, con el objetivo de azuzar las llamas y armar un aquelarre. Calma.

No es tampoco cuestión de desviar la atención. Pero conviene saber que en este momento hay una secuencia de pavorosos incendios en el norte de California. Se están quemando 120.000 hectáreas, hubo ya 12 muertos, más de 100.000 evacuados y el gobernador del Estado salió a pedir ayuda internacional para el combate.

Hay datos tremendos: el fin de semana último cayeron 12.000 rayos, los agentes causales de los focos. No alcanzan los bomberos forestales, un cuerpo que se nutre de voluntarios. Dos tercios de ellos son usualmente presidiarios, que se reivindican parcialmente brindando este servicio a sus comunidades. Pero resulta que la pandemia del coronavirus los afectó masivamente, así que la mayor parte están convalecientes o cuarentenados…faltan bomberos.

Hace unos meses, los incendios arrasaban media Australia, que es políticamente correcta. Semanas antes, el Amazonas, con el políticamente incorrecto Jair Bolsonaro tratando de explicar que no tenía nada que ver. Y seguramente era así, pero marche preso. Sus antecedentes lo condenaban a priori.

En la Argentina, algunos quieren aprovechar los incendios para empujar una riesgosa “ley de humedales” que puede paralizar cualquier proceso productivo. El expediente es sencillo: hay productores insensibles, avaros y ambiciosos, capaces de quemar medio delta o las islas del Paraná, o cualquier “humedal”, para que venga pasto fresco y aprovecharlo con sus vacas. En el medio de la confusión, se suman los veganos, reclamando por los derechos del animal, las emisiones de metano, la pérdida de biodiversidad y cuantos vicios puedan haber salido de la Caja de Pandora.

En unos días, el cielo va a descargar toneladas de agua y los incendios se van a apagar. Mientras tanto, hay que evitar por todos los medios que se propaguen. Quedarán secuelas. Pero evitemos el debate liviano e inconducente. Lo esencial es invisible a los ojos.

Y lo esencial es que estos eventos son una expresión concreta del cambio climático global. Que se debe fundamentalmente a dos cosas: la quema del carbono almacenado en los suelos, tanto en la materia orgánica subsuperficial, como en los hidrocarburos y el carbón guardado en sus entrañas. Lo demás, la fermentación ruminal de las distintas especies animales, existe pero es marginal.

Los grandes paradigmas, entonces, residen en terminar con la quema de combustibles fósiles, que pasa de carbono almacenado bajo la forma de carbón, petróleo y gas, a dióxido de carbono en el aire. Mientras tanto, con la expansión agrícola, necesaria para alimentar una creciente población mundial, los suelos de todo el mundo perdieron 3 o 4% de materia orgánica, que también se convirtieron en CO2.

Lo primero, entonces, es transitar hacia otras fuentes de energía. Tanto en la generación eléctrica como en el transporte, que en el futuro irán juntos. Pero en la transición, lo que la sociedad global ha determinado es que debemos pasar de los derivados del petróleo a los biocombustibles.

De primera o de segunda generación, en este caso a partir de residuos biológicos. En eso estamos en la Argentina, aunque bastante distraídos en los últimos tiempos. El área de Energía ha estado siempre en manos del mundo del petróleo y el gas, buscando la forma de impedir que se avance con el biodiesel, el bioetanol y el biogás. Quedan pocos meses para que se venza la ley 26.093, que abrió paso a las inversiones en plantas de última generación para convertir el maíz y la caña de azúcar en etanol, y el aceite de soja en biodiesel.

Nadie sabe qué destino va a tener este camino iniciado hace diez años. Lo concreto es que esta semana se autorizó la suba de los combustibles, pero la componente de etanol y biodiesel sigue con el precio congelado. Y su materia prima (maíz y aceite de soja) cotizan en dólares, que se van ajustando con más prisa que pausa. El gobierno confía mucho más en la Vaca Muerta que en la Vaca Viva de aquel impromptu de Martín Fraguío, que popularizó Gabriel Delgado cuando acompañó al presidente Alberto Fernández en la conferencia de prensa de la fallida estatización de Vicentín.

Hay que retomar el camino virtuoso de los biocombustibles, que implican inversiones, empleo, sustitución de importaciones de gasoil y nafta, mejora del medio ambiente. Economía del interior competitivo.

Fuente: Clarín

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