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El poder de las flores

10/07/2006 | HOLANDA – Rotterdam | Medio Ambiente | 674 lecturas | 387 Votos





A unos kilómetros al norte de Rotterdam, en una región que los holandeses llaman "ciudad de cristal" por sus miles de invernaderos, jardineros como Frank van Os forman parte de un experimento poco convencional de Royal Dutch Shell para reducir las emisiones de carbono.

Van Os cultiva cuatro millones de rosas cada año, inundando la atmósfera dentro de su enorme cubierta de cristal con bióxido de carbono puro para estimular su cultivo.



Lo que es poco usual es que ahora el bióxido de carbono le llega directamente por medio de una tubería desde Pernis, una refinería de Shell que es la más grande de Europa y suele liberar toneladas del gas a la atmósfera.

Desde luego, el modesto esfuerzo de Shell en este rincón de Europa –con el objetivo de reducir las emisiones de la refinería un ocho por ciento, desviándolas a unos 500 invernaderos– no va a resolver el reto del calentamiento global. Pero el experimento para limitar las emisiones de bióxido de carbono, el principal gas de invernadero al que se le atribuye el cambio del clima, ilustra un cambio fundamental en la industria petrolera que ofrece pequeñas luces de esperanza para el futuro.

Destacados ejecutivos petroleros afirman que la forma en que su industria maneje las emisiones de bióxido de carbono será tan importante para sus perspectivas comerciales como reabastecer las reservas de energía.

"El debate acerca del CO2 está cambiando", afirmó Jeroen van der Veer, director ejecutivo de Shell, en una reciente entrevista. "Se puede luchar contra ello, lo que es inútil, o se puede ver como una oportunidad de hacer negocios".

La creciente alarma en torno al calentamiento global ha llevado a algunos ejecutivos petroleros –especialmente aquellos con base en Europa, como Shell y BP– a promover sus esfuerzos por desarrollar fuentes alternativas de energía que liberen menos bióxido de carbono, como el viento, la energía solar y el hidrógeno de fuentes renovables.

Sin embargo, el esfuerzo más importante de la industria se basa en la capacidad para manejar las emisiones del petróleo mismo, con base en un reconocimiento en interés propio de que, si no se hace nada, los futuros costos de las emisiones de bióxido de carbono podrían amenazar el núcleo de sus negocios, la producción de combustibles fósiles.

Durante años, las compañías petroleras evitaban hablar del impacto de su negocio en el ambiente. El hecho de que muchas hayan reconocido el vínculo entre los combustibles fósiles y el cambio del clima es una medida de lo mucho que han avanzado en la última década. "Es urgente actuar", afirmó Thierry Desmarest, director ejecutivo de la compañía petrolera francesa Total.

En la refinería Pernis, las apuestas son claras y la búsqueda de una manera de competir está en marcha. Dos chimeneas de 213 metros de altura despiden a la atmósfera 5.4 millones de toneladas métricas de bióxido de carbono al año, o tres por ciento del total de emisiones en Holanda.

Shell pretende vender 450 mil toneladas métricas de bióxido de carbono al año. Aunque gran parte del gas aún termina en la atmósfera, la reducción representa un beneficio neto para la ecología: los jardineros como Van Os han dejado de producir una cantidad equivalente de bióxido de carbono para usarla en sus cultivos.

Algunas de las mayores compañías petroleras, incluyendo a BP, Shell y Chevron, planean desde ahora inversiones multimillonarias en fuentes de energía que emitan poco o ningún carbono, como el viento y la energía solar, los biocombustibles o el hidrógeno de fuentes renovables.




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