
A los ojos de buena parte de la sociedad, Vaca Muerta parece ser una demostración más de que Dios es Argentino. Y como ahora tenemos de interlocutor a Francisco, ¡qué duda cabe! El discurso oficial transmite en cadena que Vaca Muerta le permitirá al país recuperar el autoabastecimiento energético perdido -vaya paradoja- en estos diez años de gobierno “nacional y popular”.
Se asegura que con Vaca Muerta se crearán miles y miles de puestos de trabajo que permitirán revertir el ocaso de una “década ganada”, donde la demagogia y el populismo hicieron estragos. Se habla de Vaca Muerta como la solución a todos los males que nos aquejan, con lo cual ya devendría en una “vaca milagrosa”. Pero la realidad se encarga de demostrarnos una vez más las distorsiones del relato.
Los neuquinos -e incluyo a los miles que durante las últimas décadas llegaron seducidos por las oportunidades que en teoría ofrecía la provincia- ya tenemos experiencia, porque históricamente hemos sufrido varios desencantos, alimentados de manera irresponsable desde el propio discurso oficial, tanto nacional como provincial.
En distintos momentos de su corta historia, la provincia de Neuquén ha sido vista en el país como la panacea, como “la isla de la Fantasía” -como decía un ex vicegobernador-, como el paraíso soñado que abría sus brazos generosos a quien quisiera venir a vivir en ella. Pasó a fines de la década del ’60 y principios de los ’70 con la construcción de la represa El Chocón-Cerros Colorados, en la década del ’80 con el auge de la explotación petrolera que tenía su punto neurálgico en Cutral Co-Plaza Huincul, y pasó a fines de los ’90 y en la primera década del nuevo siglo con Rincón de los Sauces.
La postal fue repetida: miles de personas -mayormente con sus familias- llegando a la provincia detrás de su legítima pretensión de encontrar un mejor futuro sin saber la suerte que correrían. Muchos lo lograron. Pero también es cierto que otros tantos se quedaron en el camino, y terminaron chocando de frente con la pared de la frustración. Así, optaron por asentarse en cualquier lugar, dando por tierra con cualquier intento de crecimiento planificado que se pudiera trazar desde el Estado. La ciudad de Neuquén es el claro ejemplo.
No es malo que el surgimiento de una nueva posibilidad de crecimiento con desarrollo económico genere entusiasmo en los ciudadanos. Pero quien ocupa un cargo de gobierno debe manejarse con responsabilidad y cautela sin generar falsas expectativas.
Siempre apelo a una imagen para describir lo que ocurre actualmente con Vaca Muerta: pareciera que todo el mundo está mirando al cielo, con un cuchillo y un tenedor en la mano, esperando que caigan los dólares producidos por el milagro del shale. Basta mencionar lo que sucede, por ejemplo, con los alquileres de modestos inmuebles en Añelo (casas y terrenos) o en la misma ciudad capital. En la provincia se está “gastando a cuenta”, y ese es un grave error. Pareciera ser que todos quieren cobrar por anticipado.
La explotación de la formación Vaca Muerta es apenas incipiente, y se necesitan miles de millones de dólares para desarrollarla. Y esos capitales se muestran reticentes a desembarcar, básicamente por la errónea política energética del gobierno nacional que, en su desesperación por asegurarse los recursos que le permitan sobrevivir hasta diciembre de 2015, ahora quiere avanzar sobre los derechos de las provincias productoras impulsando una nueva Ley de Hidrocarburos que arrasa con lo poco de federal que le queda al país. Pero esa es otra discusión.
Lo concreto es que Neuquén, por obra y gracia de una generosa formación geológica, vuelve a ser la quimera del oro. Y otra vez el aluvión de esperanzados argentinos y extranjeros llega abrigando el sueño de encontrar mejor suerte en estas tierras. El fenómeno se potencia además por la falta de mano de obra capacitada en la zona que pueda dar respuesta a la demanda de las empresas.
Frente a este escenario, como gobernante responsable de la ciudad capital -que aglutina al 50% de la población de Neuquén-, me permito dar algunos simples consejos a quienes están pensando venir a la provincia atraídos por el faro milagroso de Vaca Muerta: 1) Si no tiene trabajo seguro, venga solo, sin su familia, para no hacerla sufrir padecimientos; 2) Traiga algunos ahorros para poder alquilar, sabiendo que los costos hoy no son baratos; 3) Tenga pensado también que esos ahorros tendrán que servirle para solventarse el tiempo que le demande conseguir el ansiado trabajo; 4) Si logró conseguir empleo estable, bienvenido sean usted y su familia a Neuquén, que es una tierra de oportunidades.
Es en el marco de la expectativa que genera el shale que el discurso oficial debe ser prudente. Todavía recuerdo que un gobernador, a finales de la década del ’80, aseguraba que Neuquén era el Japón argentino. Disneylandia y Neuquén, para el discurso oficial, eran casi sinónimos.
Esa prédica tiene su raíz en el modelo populista que viene gobernando la provincia desde hace más de 50 años. El modelo del Estado paternalista y benefactor que regala todo. Porque a diferencia de la República y la democracia, donde los habitantes son ciudadanos, el populismo tiene clientes. Y esa es la concepción que Neuquén y el país deben cambiar de cara al futuro inmediato. El debate es claro: populismo o desarrollo. Porque si Argentina sigue en este rumbo, corremos el riesgo de que el populismo se lleve puesta a Vaca Muerta, y los neuquinos y todo el país desperdiciemos la única bala de plata que nos queda.
Por Horacio Quiroga
Intendente de la ciudad de Neuquén.
Fuente: Diario La Mañana Neuquén
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